lunes, 10 de julio de 2017

No tomaré sus nombres en vano


Bach es el gran maestro.
Mozart el genio.
Beethoven es dios.
Y por encima de todos ellos está Schubert.

Ahora no recuerdo quién dijo esto y no sé si me atrevería a admitir abiertamente que comparto su opinión, pero me encantaría leer más cosas suyas o incluso tener una larga charla con él, también sobre música.

martes, 23 de mayo de 2017

Mis días de euforia


Dadme cualquier punto del espacio y lo convertiré en el centro del universo*.
Dadme un instante tan sólo y haré de él el principio de la historia**.
A veces me siento fuerte y poderoso. Es una lástima que últimamente estos días de euforia me duren menos de veinticuatro horas.

* Mi universo
** Una historia, mi historia

Los asteriscos los he puesto después de releerme.
Veis, ya empiezo a recular.

viernes, 17 de febrero de 2017

Noches blancas a la segunda


Estas Navidades me han regalado Noches Blancas por segunda vez. Ocurre en ocasiones que alguien te regala un libro que ya tienes, pero lo que hace particular este caso es que me lo ha regalado la misma persona que me lo regaló la vez anterior. Después de aquella primera no le había dicho nada acerca de lo que me había parecido la lectura y claro, cuando uno regala un libro, o una película, o un disco, es natural que espere algún comentario. Lo cierto es que no recordaba haberlo leído y, dándome por aludido, me puse enseguida con él. Encontré esto nada más empezar:

Era una noche maravillosa, una noche de esas que puede que solo se den cuando somos jóvenes, querido lector. El cielo estaba tan estrellado, estaba tan claro que, al mirarlo, involuntariamente uno tenía que preguntarse: ¿Será posible que bajo este cielo pueda vivir gente con todo tipo de caprichos y enfados? Esta es también un pregunta de jóvenes, querido lector.

Así comienza Noches Blancas. Recordé aquellas palabras y sentí que me transportaban al instante, hace justo un año, en que tampoco pude pasar del primer párrafo. Igual que ese día, se me humedecieron los ojos y, aunque últimamente lloro con facilidad, percibí muy hondo aquel dolor que, por suerte o por desgracia, ya no me es desconocido.

viernes, 13 de enero de 2017

Dile que no quiero verla


No quise ir al Auditori de Barcelona cuando tocó con la OBC dentro de la programación de la temporada 2016, a pesar de que se incluían en el repertorio dos de mis obras favoritas para piano y orquesta, el 24 de Mozart y el 1 de Rachmaninoff, pero es que Lang Lang es de ese tipo de pianistas que no me interesan lo más mínimo.
El caso es que el viernes pasado llego a casa por la noche y lo están dando por la tele en el segundo canal autonómico, me pilla con la guardia baja y me quedo a verlo un rato. Tal como había sospechado empiezo a escuchar notas inventadas, florituras gratuitas y adornos innecesarios, y a ver aspavientos de cara a la galería, excesividad absurda y postureo grotesco en una sobreactuación payasil.
Así me reafirmo en la opinión de que Lang Lang es un pianista lamentable, incluso nefasto, pero es que además pienso que quien gesticula de esa manera cuando toca el piano ha de ser necesariamente un completo imbécil. Si lo hace sin tocar el piano también, por supuesto, pero tocando el piano me molesta especialmente.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El cuento de Niru y Karam


Por fin algunos hombres consiguieron agruparse y formar un pequeño poblado en un lugar propicio de la llanura. Ese fue el primer atisbo de civilización sobre el planeta Tierra. Lo formaban básicamente dos familias, aún sin apellidos, pero podemos llamarlas la familia de Niru y la familia de Karam.

Karam y Niru trabajaban por igual para sacar adelante a sus familias, criar a sus hijos y mantener a los ancianos. Vivían pacíficamente hasta que un día fueron atacados por depredadores. Fue a plena luz del día pero por sorpresa, de modo que apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Enseguida se dieron cuenta de que ese ataque pondría fin al asentamiento que habían construido. Había que abandonar el poblado cuanto antes y buscar refugio en algún lugar seguro.

Karam entró en su chabola y quiso asegurarse de que estuvieran todos allí. Vio a su mujer y a los dos hijos mayores, pero faltaba el abuelo y el hijo pequeño que en ese momento jugaban junto al riachuelo. Les dijo a todos que esperaran hasta que volviera con ellos.

Niru pensó que no había tiempo que perder y salió corriendo hacia el bosque. En su rápida huida aún pudo escuchar las dentelladas de las fieras sobre la carne de sus presas y los gritos desesperados de los que sucumbían a la feroz embestida.

Karam llegó pronto hasta donde jugaban abuelo y nieto y volvieron rápidamente a la tienda junto al resto de la familia. A pesar de ser un grupo numeroso, se movían con agilidad, incluso los ancianos, y en pocos segundos estaban a las afueras del poblado, ya encaminados hacia la espesa arboleda. Fue entonces cuando Karam escuchó un llanto de niño salir del chamizo de Niru. Allí seguía la mujer embarazada junto a sus hijos, demasiado pequeños para correr, y a los abuelos enfermos.

A los pocos meses, Niru formó una nueva familia lejos de allí.

No quiero hacer juicios morales sobre este cuento, ni invito a nadie a que los haga, simplemente me gustaría señalar que nosotros somos los hijos de los supervivientes.

Recuerdo haberme emocionado mucho con el último párrafo de Cien años de soledad y ahora pienso que no fue tanto por el valor literario de lo que acababa de leer, que por supuesto también, sino por comprender lo que significa pertenecer a una estirpe condenada a ese tipo de tristeza. Y esto sí que es un juicio moral, señoras y señores.